¿Qué es realmente la fe que mueve montañas?

A lo largo de los siglos, la fe ha sido definida de muchas maneras: como optimismo, actitud positiva, fuerza interior o simple confianza. Sin embargo, cuando observamos las Escrituras descubrimos algo muy diferente

Cuando uno lee muchas definiciones modernas de la fe, encuentra frases como:

“una actitud positiva”,

“una fuerza interior”,

“una disposición de confianza”,

“una virtud que produce generosidad”,

“una motivación para actuar”.

Y aunque algunas de esas cosas pueden ser consecuencias de la fe, no parecen ser la esencia de la fe.

La expresión “la fe mueve montañas” es una de las más conocidas dentro del cristianismo. Sin embargo, muchas veces se interpreta como la capacidad de obtener aquello que deseamos o de creer intensamente que algo sucederá. Pero, ¿es eso lo que enseñan realmente las Escrituras?


Para responder esta pregunta debemos observar cómo se manifestó la fe en hombres que enfrentaron situaciones imposibles.

Muchos recordarán la historia de Pedro caminando sobre las aguas (Mateo 14:22-33) . Cuando Jesús: se acercó a la barca andando sobre el mar, Pedro le dijo:

“Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”

Jesús respondió:

“Ven.”

Pedro descendió de la barca y lo extraordinario es que realmente caminó sobre el mar. Sin embargo, al ver la fuerza del viento tuvo miedo y comenzó a hundirse.

Pedro no solo creyó; descendió de la barca y caminó sobre las aguas. El problema no fue la ausencia de fe, sino que comenzó a medir la situación por las circunstancias que veía a su alrededor. El viento pasó a ocupar en su mente un lugar mayor que la palabra que había recibido.

Otro ejemplo extraordinario es el centurión romano (Mateo 8:5-13). Su siervo estaba gravemente enfermo y acudió a Jesús para pedir ayuda. Cuando Jesús se ofreció a ir a su casa, el centurión respondió:

“Solamente di la palabra, y mi criado sanará.”

El centurión comprendió algo fundamental: el poder de Cristo no estaba limitado por la distancia. No necesitaba una señal, ni una presencia física, ni una evidencia visible. Le bastaba la palabra del Señor. Por eso Jesús declaró:

“Ni aun en Israel he hallado tanta fe.

Pero quizás el ejemplo más profundo es Abraham (Romano 4:18-21).

Dios le había prometido una descendencia innumerable. Sin embargo, los años pasaron, la vejez llegó y Sara continuaba siendo estéril. Humanamente la promesa parecía imposible. Aun así, Abraham siguió esperando contra toda esperanza.

Más adelante, cuando Isaac ya había nacido, Dios le pidió que lo ofreciera en sacrificio (Hebreos 11:17-19). En aquel momento Abraham no consideró muerta la promesa. Según las Escrituras, estaba convencido de que Dios era poderoso incluso para levantar a Isaac de entre los muertos. La situación era imposible para el hombre, pero no para Dios.

Al observar estos ejemplos comprendemos que la fe que mueve montañas nace cuando el hombre deja de medir los problemas por sus propias fuerzas y limitaciones humanas y comienza a medirlos por el poder de Dios.

Por eso, la verdadera fe no consiste en creer que no existen obstáculos, sino en estar convencidos de que Dios es mayor que ellos.

Dios utiliza las dificultades, los obstáculos, las circunstancias y las limitaciones humanas para que nazca la genuina fe, esa que descansa en aquello que no puede verse con los ojos humanos, encontrando su fundamento en Dios y no en las posibilidades del hombre.

La fe no es una actitud positiva ni una fuerza interior. Es el vínculo mediante el cual el hombre confía en una realidad espiritual superior a todo límite humano, permitiendo que el poder, la fidelidad y las promesas de Dios se manifiesten en su vida.

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